El día de ayer Edgar Salinas (@letrasalaire en twitter)  me compartió un artículo que relaciona algunas cualidades del éxito de los maratonistas con su carrera profesional.  (http://lifestyle.americaeconomia.com/articulos/correr-maratones-sinonimo-de-exito)

Creo que efectivamente, el ser corredor / corredora genera cambios que trascienden a las carreras. Creo también, que el entrenar para una carrera es símil de entrenar para el amor. A continuación, el por qué.

Sabes, no es fácil. Hay días en los que deseas no levantarte, quedarte en cama y simplemente disfrutar de no hacer nada. No tienes fuerzas, ni ganas de ponerte la ropa y salir a entrenar. Luego recuerdas que la carrera está cerca y que el cuerpo no perdonará que no hayas dado lo mejor de ti. Te levantas, te lavas la cara, los dientes, te peinas y sonríes. Bueno, después de todo no está tan mal. El sol está en el cielo y los pájaros cantan. Mientras estiras y calientas te preguntas si todo lo que haces valdrá la pena. Si merece tanto esfuerzo el día a día recordarte que tienes una meta y la quieres lograr. Hay días buenos en los que tu trayecto es agradable, plano, sin requerir mayor esfuerzo de tu parte. Simplemente sales y pones un pie frente al otro, y cumples con la distancia requerida. Otros días son más pesados, con cuestas y hasta con repeticiones. Te hacen sudar, te hacen cuestionarte si en verdad es lo que quieres y al final del entreno te sientes aliviado porque al fin terminó. Hay unos cuantos días más que son terribles, pues te sientes mal, te duele la cabeza o el estómago o la espalda…o muchas otras cosas más. Pero terminas entrenando pues recuerdas, otra vez, que el día de la carrera está cerca.

A veces tienes ganas de platicar mientras corres, otras no. Y en ocasiones sales a perderte en tí mismo para encontrarte. El entrenamiento exige mucho de ti. Te exige que hagas otras cosas como por ejemplo ir al gimnasio para fortalecer tus músculos, o nadar para mejorar la respiración. Te cuestionas:  ¿por qué? Si solo quieres correr…lo demás, ¿es necesario? Día tras día te levantas con la meta en la mente y te convences que es buena idea alimentarte mejor. Abandonar cosas que te hacen daño o no son benéficas para tu estado óptimo. Y día tras día, mientras corres, te sientes mejor por que vas notando como tu cuerpo responde a tus cuidados. Al terminar cada sesión te felicitas y te das palmadas imaginarias en la espalda porque lo lograste. Lo hiciste. Entrenaste y fuiste constante. Te cuidaste. Y llega el gran día de la carrera.

Empiezas eufórico. Quieres más. Sabes que puedes dar más pero te reservas. No te quieres tronar. Agarras tu paso y adquieres un ritmo. Otros te pasan, van volando y echando porras, algunos te gritan que te quites pues no les alcanza la pista. Los que van bien preparados llegarán antes que tú. A los que no se midieron, los encontrarás tronados kilómetros más delante. Algunos abandonarán la carrera por lesión o por que su mente los venció. Pero tu sigues adelante. Esto es a lo que viniste, para lo que estuviste entrenando. Pensarás, meditarás, cantarás, te enojarás, llorarás, y disfrutarás de la experiencia de ir cada vez más lejos y estar cada vez más cerca de la meta. Te preguntarás tal vez un par de veces si vas muy rápido. Te compararás con otros. Querrás parar a caminar o tal vez harás un alto total para tomar aire, caminar y empezar de nuevo hasta que fluyes en la carrera una vez más. Y en algún momento, verás la meta frente a ti. Si te mediste bien, tendrás energía de sobra para cerrar fuerte y aún así te quedará pila. Hasta puede ser que jales a uno que otro que pareciera ya no puede más. Cruzas la meta. Recoges tu medalla. Limpias el sudor de tu frente y te congratulas por la hazaña.

Pasa el día y a la mañana siguiente abres los ojos. Te estiras. Te preguntas si en verdad es necesario que te levantes y salgas a entrenar. Probablemente no tengas ganas y lo único que quieras es quedarte en cama, tirado sin hacer nada. Sin mover un dedo.
Luego, recuerdas que el amor, la relación se trabaja todos los días y que hay que salir a entrenar. Y si eres MUY afortunado, al voltear hacia alguno de tus dos lados, ahí estará tu equipo. Abrirá los ojos y con voz modorra te dirá:

“¿Ya es hora, amor? Hay que salir a entrenar”.