“Cuando volví de vacaciones llamé a Josef y le pedí consejo. Le pregunté qué bici debía comprarme y que tipo de entrenamiento debía seguir para mejorar mi rendimiento. Y ahí la cagué. Me metí en la boca del lobo. Ya me lo decía mi madre: No vayas con tíos tatuados” Santi Millán

Josef Ajram (2012) “No sé dónde está el límite pero si sé dónde no está”. Edit. Alienta

Hubo un momento de la ruta en que pensé ¿qué estoy haciendo aquí? Es decir el frío, el tipo de recorrido, la dificultad del terreno, las cuestas pronunciadas hacia el ascenso, el absoluto cambio entre los recorridos citadinos de las cómodas y reconfortantes carreras de fin de semana, eso con la contrastante fuerza e ímpetu de la naturaleza en la que me encontraba. Nada, absolutamente nada que ver con lo anterior. Entonces el espíritu de la montaña obró en mí. Pues sin mayor aspaviento, sin ningún tipo de sensación espiritual o trascendente, sin magia, sin sensación de gozo o júbilo, es espíritu se fue adentrando poco a poco, transformando las actitudes, revolucionando el miedo, y favoreciendo mi experiencia de SER con el entorno.

El pasado domingo 7 de febrero a las 8:00 dela mañana inició la ruta de 20 km hacia el ascenso del llamado Cerro del Cubilete, una montaña  que se sitúa en la el municipio de Silao en Guanajuato México.  Este lugar es famoso porque en la cima se encuentra el monumental Cristo de la Montaña o Cristo Rey  un espacio que atrae a gran cantidad de visitantes durante todo el año, pero para nosotros más allá de los datos histórico-geográficos, el significado social del “Cerro del Cubilete” es el que se asocia a la familia, los paseos de domingo, la ida a persignarnos y el típico desayuno en alguna de las fonditas. Esas son  solo algunas de las connotaciones culturales que tiene este recinto en los corazones de los guanajuatenses.

Percepción y connotación que estaba a punto de cambiar en mí, situación que entendí con claridad al momento de bajar del auto a las 7:00 de la mañana en el punto de encuentro (La Central de Autobuses de Silao) y junto con esto ver a los pocos atletas ahí congregados atentos y preparados para la intensa ruta.

El frío en el aire me hizo comprender un poco que se trataba de un reto diferente a los demás, sin embargo la motivación interna, el placer de compartir con los amigos, el pulso muy específico de este tipo de competencias  y la atmósfera distinta y completamente nueva me colocó en medio de una experiencia completamente envolvente y novedosa.

Hugo (mi principal cómplice en este reto) mencionó, cuando compites en el running trail, te puedes adentrar sin duda en “otro mundo” y efectivamente, desde el inicio la participación en esta carrera dista mucho de lo que se vive en las carreras de ciudad a las que asistimos regularmente los fines de semana.

Se trata de un encuentro deportivo, que pone a prueba tus capacidades físicas, tu nivel de  entrenamiento, tu resistencia y ante todo tu solidez mental. Mi caso concreto tuvo sin duda una mezcla de emociones y sensaciones que me hicieron vivir la carrera en diferentes planos.

Porque lo que más destaco es que correr en mí,  es la oportunidad de recibir lecciones, completar aprendizajes, dimensionar estrategias y establecer objetivos capaces cumplir en cada una de las respiraciones, exhalaciones y pasos.

Cristo Rey fue entonces como competencia, aire limpio para mis pulmones, color y armonía entre el suelo y el cielo. Cristo Rey fue eliminar la resistencia, dejar los gadgets, soltar y comenzar a verme. Me representó una vibración que te atrapa y te aleja de la música exterior para tocar con la piel la música del aire, la de la naturaleza, la música del viento. 

Me topé con el espíritu de la montaña que no se asoma de manera clara, no está en algo concreto está en todo. Y esta  fuerza me hizo verme a mí misma y entender un poco y por un momento que soy parte de algo grande que nos hace ser fuertes cuando pensamos que ya no podemos serlo,  ágiles cuando nos imaginamos torpes, mejores y buenos cuando aun cuando no lo creemos.

¿Quiénes buscan seguir? Es decir, ¿quiénes requieren continuar, o seguir luchando? Desde cualquier actividad humana: TODOS.

De manera que no puedo dejar de señalar lo mucho que celebro que existan experiencias deportivas como esta, porque no se queda en el hecho de caminar, trotar o correr en cuestas, trasciende a lo que somos para que  podamos entender desde el deporte, de que madera es de la  que estamos hechos. Reconocernos como capaces por el simple motivo de estar vivos. Y entender desde el esfuerzo y la tenacidad que solo nosotros decidimos hasta donde llegar.

Empecé este texto con una cita de Santi Millán que es parte del prólogo del libro de Josef Ajram (2012) “No sé dónde está el límite pero si sé dónde no está”. Quise comenzar porque la experiencia de ambos la recordé cuando subía Cristo Rey, y esta manera tan especial en la que atletas ultrafondistas como Josef (en mi caso la experiencia de mi amigo ultrafondista Hugo) marcan la pauta con su experiencia, para animarnos a descubrir ese mundo de coraje  y valor que nos adentra en la verdadera “dimensión desconocida”, es decir,  la dimensión que habita dentro de nosotros mismos.

Dice Ajram(2012) Esto es nuevo para mí y no sé cómo reaccionaré. De momento me siento extraño. Solo p.(15) Sin embargo la experiencia lo invade todo, lo contagia todo, como si no importara nada más. Y así comienza avanza y concluye, para hacerte despertar del sueño, para lograr balancear la vida.

La experiencia cierra el círculo perfecto cuando además, es la pauta para compartir entre amigos, compañeros de equipo, y corredores que además aderezan la vivencia desde lo social al término de la competencia. Un rico plato de cuatro guisado entre papás, nopales arroz y chicharrón en chile nos espera a la llegada eso  y una buena taza de café caliente, junto con el cobijo de los amigos.  Así el domingo, así la ruta así el regreso en autobús con otros atletas, para llegar a casa de sentirnos felices por sentirnos vivos.