Mi Maratón: Bank of America Marathon 2014 (2da parte)

Escuchaba mis pasos  mientras comenzaba el trote tranquilo este miércoles en la pista, en el cambio de horario este inicio de noviembre a las 19:15 ya se ha hecho de noche. Es muy evidente  como el otoño, lo moviliza todo. El verano tenía esta pista repleta de personas, niños entrenando en la cancha de futbol que esta al centro, madres con sus pequeños hijos jugando y por supuesto corredores de todos tipos, niveles y velocidades, explotando las posibilidades que nos otorga entrenar en una buena pista de atletismo.

Esta noche fue diferente, al correr en calma con poca gente en una pista apenas iluminada, con el aire frío,  escuchando mis pasos y respiración. Por una charla con mi entrenador, decidí dejar por un tiempo la música al momento de entrenar, la experiencia hasta ahora ha sido muy gratificante, me obliga a poner todos mis sentidos y mi mente en el running y dejar  la música enajenante y evasiva que me ha acompañado todo este tiempo.

Correr así esta noche me llevo al recuerdo más cercano y del que todavía no había escrito, por el hecho de buscar el momento apropiado, las palabras apropiadas para describir el lugar  de una manera  que mostrara, cuán singular había sido esta maravillosa experiencia. Entrenar de nuevo en la pista me regreso a mi recuerdo más cercano… el recuerdo del Maratón de Chicago y todo lo que significó en mi vida.

Comenzaré la crónica…

Llegué a la meta con una molesta lesión en la parte de atrás del tobillo, una ampolla abierta ensangrentada y que seguía rozando a cada paso, el área de los metatarsos también habían sufrido rozaduras a modo de quemadas, parecía que había corrido los 42 kms descalza.

Desde el km 41 saque de mi cinturón de hidratación mi bandera de México, una enorme bandera de 70 cms. Que había hecho rollito y que pude desplegar a lo largo de 1 km para ondearla en el frío aire de Chicago y con ello sentirme orgullosa de la hazaña en ese suelo y con todo este escenario.

Ese km 41 fue el momento que mi mente eligió, para hacer una síntesis y llenar de imágenes mi cerebro recordando como en un “flash back” toda la experiencia, todo el recorrido de 4 horas con 48 minutos.

¿Cómo no hacerlo? En ese kilómetro antes de llegar a la meta, el corazón se desborda,  entre los pasos que por fuerza se vuelven todavía más contundentes.  El alma flota entre el cabello despeinado, el cuerpo repleto de sudor, mientras los pies han dejado de detectar cansancio y por otra parte todas las células respiran emoción, adrenalina… y ganas de descansar porque la orden ha sido dada… estamos a punto de llegar.

En ese kilómetro y 195 metros se generan toda clase de emociones, que concentran la maravillosa cantidad de energía que fluye desde la tierra hasta la planta de tus pies te traspasa, sale por el aire y regresa a ti en cada inhalación… en cada suspiro, y la devuelves en cada exhalación.

Pero vámonos por partes, el maratón es toda esta poesía y también una dura prueba, que comienza con el corazón agitado y termina con la mente repleta y los sueños a tope.

Con mi bandera extendida pensaba en el kilómetro cero y mi charla con mi nueva amiga Verónica una mujer alta, agradable que caminó junto a nosotras, mis compañeras de maratón desde la salida del metro hasta el Milenium Park en esa fría mañana de Columbus Day. En ese momento intercambiamos comentarios, expectativas  pues como muchos corredores nos acercábamos a la zona de nuestra salida. Mis compañeras de maratón del equipo 300s, caminaban a mi lado felices con la mirada absorta, concentradas pero a la vez como niñas en juguetería en un día de reyes, sus ojos parecían luces de colores que reflejaban el resplandor de su interior. En un momento simplemente nos separamos, como se vive un maratón con amigos, con tu equipo y a la vez por separado individual, así como vivimos juntas todo este proceso lo vivimos también por separado ensimismadas en nuestra individualidad para correr cada una su propio maratón.

En mi corral, el corral G estaba Verónica así que pude tomarme algunas fotos con ella antes de la salida. Verónica no dejaba de moverse, y no era para menos entre la adrenalina y frío que apretaba con el aire helado, no teníamos más que hacer solo movernos un poco para calentarnos. Por fin 40 minutos más tarde de la hora salimos a correr en una ciudad increíble, con un escenario verdaderamente único ante mis ojos.

Ha sido muy emocionante correr por la  maravillosa e imponente Chicago y recorrer sus avenidas calles y entornos más famosos, es como diría mi hija sentir que estás en “tu película” o en su defecto en “tu video musical” Sin embargo 42 km son muchos kilómetros y esa distancia exige recorrer algo más que solo el Chicago para turistas.

Comenzamos por salir de este entorno de rascacielos y ciudad de primer mundo, para recorrer calles y avenidas a lado de la gente común, esa que te regala una sonrisa, te da ánimos y grita sin parar.

Recuerdo mucho pasar por un edificio de unos 12 pisos, y al centro en el piso 5 o 6 aproximadamente encontrar a nuestro paso un enorme ventanal con ancianos que en sillas de  ruedas o parados, con pancartas y letreros. Ellos animaban detrás de esa ventana en esa fría mañana, a los atletas corredores. Yo pregunto ¿qué mejor apoyo que ese? Sentir el calor de toda una ciudad que ha decidido volcarse ante la manifestación de amor al deporte, tenacidad y espíritu de lucha que supone correr un maratón.

Después de cada paso, viene el siguiente, corrí los primeros 10 km recordando mi ciudad y comparando sus calles con las de Chicago, aunque parezca absurdo por momentos en algunos detalles me lo recordaba. Corrí controlando el ímpetu, la emoción y las ganas de acelerar, hice un paso de 5:50 a 6:00  y con ello me sentía tranquila a paso firme, confiado y seguro.

Las calles de Chicago nos llevaron poco a poco a los barrios, a las zonas de cafeterías pequeñas, establecimientos con luces neón, hojas secas por el suelo y escaleras de unos diez escalones, con barandales que conducen a puertas de madera, de casa con sótanos y ladrillos naranjas unas pegadas a las otras. Calles de árboles grandes y viejos, de esos que son testigo de muchas décadas en la vida de las personas que ahí  han vivido. ¿Por qué hay sociedades que valoran la historia de sus calles y otras no? ¿Por qué hay ciudades en las que sus calles y edificios poco cambian?  Me preguntaba mientras corría y en el fondo también pensaba en esa gente, personas ahí, de pie, presentes en mí maratón testigos junto conmigo de ese día de la historia de su ciudad… de ese día en mí propia historia.

Llegué a los 21 y ¿saben? Correr Chicago en muchos momentos es una fiesta, una fiesta en la que muchos de sus corredores avanzan a gusto mientras se paran para una foto, o caminan durante la hidratación, una fiesta en la que no se observa ese tono competitivo, por lo menos eso vi en el carril en que yo salí. Cuando estaba próxima a llegar a los 21, las personas iban frenando mucho su paso, por el punto de hidratación mientras yo intenté apretarlo para hacer un mejor tiempo que mis anteriores 21 de este mismo año. Fue una misión difícil porque en algunas calles volvimos a llegar al centro y se reducía el espacio, sin embargo hice 2:13 a pesar de no ser mi mejor 21me sentí contenta de ir al mismo paso que al inicio.

Siguieron los kilómetros, creo que los corredores de fondo tenemos en nuestro cerebro algo parecido a un interruptor que acciona la instrucción de correr y nos hace seguir y seguir… en una experiencia en la que casi no importa el dolor, o el cansancio, tampoco las ampollas solo importa seguir hasta el final, nos hace desplazar esos pensamientos para continuar, porque el reto ya ha sido establecido.

Seguimos por los mencionados barrios corrimos por el barrio chino, el barrio italiano y por ahí del kilómetro 30 entre edificios viejos señoras gorditas sentadas en sillas,  mariachi y banderas mexicanas llegamos a barrio de la gente de México y la comunidad latina. Invaluable el calor que se sintió en ese momento en el frío Chicago. El calor de mi gente entre música, jóvenes bailando, entre bullicio y estandartes de la virgen de Guadalupe, entre los niños jugando y el  olor a taquitos del almuerzo esa sensación sin duda no tiene precio.

La música nos acompañó todo el recorrido, a mi me acompañó en mi sound track particular, muchas de esas canciones cobran un valor distinto, en medio de ese escenario,  hubo sin duda algunos puntos entre el kilómetro 35 y 38 que las calles dejaban de ser atractivas, o llamativas, espacios donde la gente se disipaba y la música bajaba su tono, calles sin nada que ver solo algunos árboles y las bardas de posibles fábricas,  esas partes del recorrido fueron interesantes, porque ahí la mente tiene la tentación de sucumbir, cansarse y desear dejarlo todo.

Desde este punto comencé a concentrarme en correr, me olvidé del reloj y mantuve mi mente centrada en mi maratón, ese que parecía estaba apenas comenzando. Ahora entiendo que este momento puede ser de mucha concentración pero como todo en la vida no puedes soltar del todo porque de ser así puedes perder lo más importante.

Al regreso a casa mi entrenador me dijo que ese bajón en mi paso a partir del km 37 es producto de mi inexperiencia en los maratones. Creo que tiene mucha razón,  yo me concentré en terminar manteniendo a mi modo el paso, sin embargo olvide los tiempos dejé el reloj a un lado.

En ese momento muchas de las personas comenzaban a caminar, al ver esta situación me repetía a mí misma, lo que considero es una consigna en mi poca experiencia como corredora en maratones:  “¿Qué?… yo no vine aquí a caminar” y afortunadamente hasta ahora  nunca lo he hecho, sin embargo respeto mucho a las personas que por una situación o por otra lo hacen.

A pesar de todo esto que narro creo que sin duda con una estrategia más refinada puedo mejorar mi paso, evitar el derrumbe o bajón de velocidad y terminar como lo hice, entera, pero claro con un mejor tiempo.

Hacia el kilómetro 40 (retorno al inicio de mi escrito) imágenes, sonido, gente a mi lado y yo corriendo poco a poco hacia la meta una bandera en los brazos extendidos, con el recuerdo de todos a los que amo y han sido parte de esto, con las voces más positivas en mi mente. Ese último tramo fue entender mi vida en kilómetros, y fue descubrir que mientras me queden fuerzas, y tenga vida el maratón será parte de  ella. Ahora continúa la vida contada en maratones, por el sentido que le otorga a mi vida correrlos, nunca podré agradecer lo suficiente de poder hacerlo